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El monasterio: un paso a la Vida
Hace no mucho leí en un libro de espiritualidad cisterciense que los monasterios son lugares santos. Esta afirmación me provocó una cierta incomodidad pues no creo en las diferencias entre lo sagrado y lo profano. Ni creo tampoco que haya lugares particularmente regalados por Dios.
Pero la expresión no me abandonó, se quedó incubando en mi inconsciente y ha resurgido iluminada por la propia experiencia.
Todas las personas, creyentes o no, tenemos un anhelo de infinito, de amor, de unificación, de sabiduría…estamos hechas para la Vida. Sin embargo la Vida no es lo evidente. Lo Real, la mayoría de las veces, no coincide con lo que nuestra programación consigue captar.
Nuestra capacidad de ser está obstruida, como el canal que se tapona en el otoño por las hojas de los árboles y no deja fluir la corriente de agua.
Las personas más despiertas experimentan la existencia de una conciencia, de un Dios, que no está separado del ser humano, y que alienta desde lo profundo una Vida que merece la pena ser vivida. Pero también los menos despiertos pueden sentir, si prestan atención, el gemido inefable de esa energía, de ese Espíritu Santo, que quiere manifestarse en cada ser. Ese gemido puede tener la forma de un sentimiento de insatisfacción, de un estado de frustración, incluso de una tristeza vaga que cuestiona el sentido de nuestra vida.
Y si esto es así ¿cómo recorrer el camino hacia la plenitud?
Hoy tenemos a nuestro alcance un vasto conocimiento científico sobre el cosmos, un conocimiento sobre la realidad humana desde todas las dimensiones: antropológica, filosófica, fisiológica, psíquica, teológica, espiritual… y eso supone una enorme facilidad para avanzar, para evolucionar.
Sin embargo para muchas personas este conocimiento no es suficiente. Se sienten urgidas a zambullirse en la experiencia de la transformación. O en lenguaje religioso, de la conversión.
Para el abad cisterciense del siglo XII, Elredo de Rieval, este proceso es equiparable al Éxodo bíblico. El pueblo judío sale de la esclavitud de Egipto y camina hacia la libertad de la Tierra de Promisión. El “viaje” se realiza a través de desierto, que se hace largo y arduo. El desierto es lugar de paso, pero de un paso necesario para llegar a la Tierra que mana leche y miel.
Los monasterios han sido también llamados lugares de desierto. En parte, en razón a sus orígenes en el siglo IV en el desierto de Egipto y en parte, por su misión transformadora y purificadora de sus moradores.
Descubro con agradecimiento que este monasterio – y no solo este - tiene la capacidad de favorecer ese tránsito hacia la libertad. El silencio, la consciencia corporal, mental y emocional, la escucha orante de la Palabra, el trabajo manual, el contacto con la naturaleza, la comunidad y Jesús como maestro de Vida… proyectan a la persona hacia su origen, hacia su verdadero ser, hacia la consecución de mayores espacios de libertad y de confianza.
El desierto
es lugar de paso, no de permanencia, reconoce Elredo.
Por eso hoy el monasterio puede hoy acoger a “peregrinos” en el viaje hacia sí mismos.
Puede acoger a personas que, sin plantearse su vocación monástica, decidan regalarse un tiempo para renacer a la Vida.
Ahora puedo entender que el monasterio, como vía de humanización, es un lugar santo.
Leire Quintana Ayala
20/11/2011
Ideas convencionales, prejuicios y el soplo del Espíritu
Publicado el 14/11/2011 en Eclesalia
Hace ya muchos años que empecé a percibir en mí un “feeling”especial, una atracción hacia la vida de silencio y contemplación. Esta sintonía era tan evidente que muchas veces pensé en la posibilidad de dedicar a ello mi vida, concretamente dentro de un monasterio de monjas contemplativas. Sin embargo en seguida chocaba con una pared invisible pero muy poderosa. Me parecía que las monjas estaban ancladas en una religiosidad dogmática con la que yo sabía no sintonizaría. Por otro lado esa opción de vida suponía una ruptura con un estilo de vida flexible y autónomo en el que yo me encontraba muy a gusto.
La verdad es que las razones parecían sólidas y suficientes para una decisión aparentemente sensata: esa vida no es para mí.
Pero la cosa no es tan sencilla. Los prejuicios, incluso las ideas convencionales socialmente aceptadas, nos pueden llegar a esclavizar, a estrujar como personas si conciernen algo directamente relacionado con el ser, con el verdadero yo. Y son siempre una elaboración egóica.
Hace año y medio la casualidad quiso que en un retiro de oración contemplativa celebrado en el centro de San Juan de la Cruz en Segovia, me encontrara con una monja cisterciense a la que ya conocía y admiraba. El resto vino rodado.
En diciembre de 2010 inicié una nueva etapa en mi vida en el Monasterio Cisterciense de Armenteira en Pontevedra. De alguna manera este nuevo paso supone un sí a la acogida de un anhelo profundo, sí a una vida de silencio habitado, sí a una vida de alabanza y canto, sí a una vida sencilla y responsable, sí a una vida de escucha atenta de la Palabra, sí a una vida dinámica y creativa, sí a una vida comunitaria de servicio, sí a un vida en plenitud, consciente y amplia. Sí a la confianza.
Ahora me doy cuenta de cómo los estereotipos en torno a la vida monástica femenina perjudican. Estos prejuicios están vivos en la mente colectiva, con mayor o menor arraigo. Oigo a menudo a mujeres decir que les gustaría ser monjes pero no monjas. “Porque las monjas son otra cosa”. Observo que implícitamente estos y otros comentarios parecidos demuestran una falta de autoestima por el hecho de ser mujer. Las monjas no son otra cosa que mujeres. Sin embargo la vida monástica femenina es una vida bella, profunda, que humaniza y da vigor, que es amable con la creación, que invita a la unidad en la diversidad, que aviva las facultades y que está sin completar, está en proceso y por tanto viva.
Las mujeres tenemos que encontrar nuestra identidad propia y manifestarla con dignidad y amor.
La vida de una mujer, la vida de una monja es formidable.
Leire Quintana Ayala
"CÍRCULOS DE AMISTAD"
I ENCUENTRO MONÁSTICO JUVENIL
8-12 DE OCTUBRE DE 2011
La
vida monástica es la gran desconocida de este siglo. Los monjes fundadores de la
Orden Cisterciense fueron calificados como rebeldes por sus contemporáneos del siglo XI.
Fueron precursores de un estilo de vida más humano, más auténtico por más
sencillo, orante, equilibrado...
Esas fuentes han sido las
que han dado de beber a generaciones enteras de monjas y monjes cistercienses.
Hoy,
las monjas traducimos los valores tradicionales al lenguaje social y humanista
del momento y reconocemos que nuestra forma de vida se basa en: una economía
sostenible, una agricultura ecológica, un respeto por el medioambiente, un
comercio justo y solidario...y todo ello siendo actualizado cada día desde la
consciencia y la comprensión de ser co-partícipes en la construcción de una
sociedad más sana y más humana.
La vida monástica es el
medio que algunas personas escogen para zambullirse en ese Dios infinito
trascendiendo con ello las limitaciones del ego, de un yo separado.
La
vida monástica es fuente de alegría y de felicidad pues no hay mayor
descubrimiento que el de saberse parte de un Todo. Ese Todo es el Amor en el que
estamos unidos. La vida comunitaria nos ayuda a crecer en esta experiencia: la
compasión, el perdón, la paciencia, la ayuda mutua nos traen el reflejo de
aquello a lo que todos aspiramos: sentirnos unidos en el Amor. Para nosotras el
camino se hace vida a través del seguimiento a Cristo Jesús.
Creemos que los jóvenes
pueden entender mejor que nadie estas señales de cambio, de renovación dentro de
la sociedad y dentro de la Iglesia.
Por ello la comunidad de monjas de Armenteira abre su primer ciclo de encuentros con jóvenes bajo el lema "Círculos
de Amistad" pues se trata precisamente de juntarnos en una escucha y
receptividad mutuas, de aprender unos de otros y tratar de expandir los tesoros
que esconde la vida monástica como los círculos que crea la piedra arrojada en
un estanque.
El encuentro incluirá actividades variadas como: trabajo en la huerta ecológica, elaboración de productos monásticos, una introducción a la oración y a la lectura espiritual, charlas, tiempos para compartir etc.
Deseamos que sea el comienzo de una larga amistad.
Pincha en el PROGRAMA
Contacto:
info@monasteriodearmenteira.org
Tlf. 986 71 83 00
Descargas:
Póster anunciador del Encuentro
Póster invitación a conocer desde dentro nuestra vida
ENCUENTROS DE ORACIÓN
El objeto de estos encuentros es dar la posibilidad de entrar en contacto y practicar distintos valores de la Espiritualidad Monástica
Son encuentros de un día y está abierto a quien quiera participar
Horario: de 10 de la mañana a 6,30 de la tarde
Más datos e inscripción:
hospedería@monasteriodearmenteira.org
tfno: 627 097 696
Fechas y temas:
- sábado 3 de julio de 2010
* Tema: Una espiritualidad desde el propio conocimiento
(relación entre silencio, habitar el propio corazón y oración)
CURSILLO DE ORACIÓN
Lectio: escucha de la Palabra de Dios
A través del cursillo ofrecemos la oportunidad de entrar en contacto y practicar un modo de orar fundamental, y particularmente querido por los monjes y monjas, centrado en la Palabra de Dios.
Son 3 encuentros de un día cada uno.
Está abierto a personas de ambos sexos y, dadas las características, el grupo será reducido.
Fechas:
- Sábado 17 de noviembre de 2007
- Sábado 16 de febrero de 2008
- Sábado 17 de mayo de 2008
Horario: de 10 de la mañana a 6,30 de la tarde
Más datos e inscripción: info@monasteriodearmenteira.org
'LECTIO': escucha de la Palabra de Dios
Texto del programa
"A Sentinela" rodado en la comunidad,
emitido por TV gallega
el 17-2-08
‘Lectio’
En el corazón, todos sentimos una necesidad de trascendencia, de oración, de
encuentro con Alguien a quien presentimos cercano: Dios, de quien parte toda
iniciativa.
Es que Él, en su amor, quiere establecer una relación con nosotros y la inicia
con su Palabra, que nos ha quedado escrita en la Biblia. Allí nos ha dicho cómo
es Él, cuánto nos quiere, cómo desea que seamos felices… Y nos ha hablado de su
Hijo y en su Hijo, que ha venido para enseñarnos, desde la vida concreta, a
caminar hacia El.
¿Cómo han leído los monjes esta Palabra? Desde los primeros siglos tenemos como
una “técnica” que llamamos Lectio Divina, o ‘lectura divina’. Es el ‘método’ de
nuestra oración y se pueden distinguir en ella cuatro pasos, que no van uno
después de otro sino que pueden ir entremezclados. Aunque, para explicarlos, lo
haremos en cuatro partes separadas:
‘lectura’
La primera sería propiamente la ‘lectura’: atenta, en actitud de escucha. Viene
a ser algo así como preparar un hueco, como estar disponible para que esa
Palabra, que ‘es viva y eficaz’, golpee, despierte nuestro corazón, lo inunde
con su luz y, como dice la Escritura, no vuelva vacía a Dios. Que pueda ser como
la semilla que cae en el campo, germina y crece, de día y de noche, con la
lluvia o con el sol,… Y así, nuestro corazón, nuestro ser entero, sea lugar de
transformación, porque la fuerza de esta Palabra, su vivacidad, nos invaden y
transforman poco a poco, como esas plantas cuyos brotes enraízan de nuevo a
escasa distancia del pie cubriendo y transformando todo.
No buscamos resultados inmediatos. Tratamos de entender lo que dice el texto:
hoy dice el Evangelio que Jesús se dirigió a un lugar retirado (lugar de
silencio y encuentro), que se transfiguró, que Dios confirmó que Jesús era su
Hijo, que los discípulos, aunque quedaron espantados, permanecieron junto a Él.
Que luego Jesús mandaba que no hablaran del tema, como queriendo que ‘guardaran
todas las cosas en el corazón’.
A cada persona le resuenan estas palabras destacando más una u otra, en los
pasos sucesivos de este encuentro en oración.
‘Meditatio’
* La ‘meditatio’ es el momento de la ‘lectio’ en que el lector-orante se
compromete en profundizar en el texto, ahondando en él, buscando su mensaje
revelador, para entrar en un conocimiento cada vez más profundo del rostro de
Cristo.
En este paso nos pueden ayudar los comentarios patrísticos, espirituales o
exegéticos de la Escritura.
* La ‘meditatio’ es un acto del corazón, no de la inteligencia.
Los primeros monjes cistercienses hablaban de la ‘meditatio’ como de una rumia:
Así como la vaca, tan familiar en nuestros campos, lleva una y otra vez a la
boca el alimento ya tragado para masticarlo y así digerirlo y asimilarlo; del
mismo modo, meditamos la Palabra repitiendo…, memorizando…, recordando…,
escuchando…, guardando…, contemplando…
Llevamos una y otra vez la Palabra al “vientre” de nuestro corazón para ser
digerida y asimilada. Allí, la Palabra, como verdadero alimento, es masticada…,
triturada…, paladeada…, gustada…, saboreada…, (sabiduría viene de sabor;
saborear).
* Resumiendo la práctica sería así:
- Leo un pequeño párrafo, me detengo en lo que llama mi atención, lo vuelvo a
leer, lo rumio, lo repito, lo dejo reposar tranquilamente.
- Acudo, si lo tengo a mi alcance y así lo deseo, a libros que me iluminen sobre
lo que ya he descubierto en la lectura.
- Vuelvo una y otra vez al texto y con lo que he leído, intento otra vez
repetirlo, rumiarlo, masticarlo.
De este modo la ‘meditatio’ se entrelaza con la ‘oratio’ (que es el siguiente
paso de la ‘lectio’) y se prolonga a lo largo del día en el “vientre” del propio
corazón.
‘Oratio’
El tercer paso de la lectio es la oración; responde a la pregunta ¿que le digo
yo a Dios motivada por la lectura y la meditación? Hoy Jesús nos toma y nos
llave a la montaña.
Yo se por experiencia que mi oración es fruto del Espíritu Santo que me habita e
ilumina y que despierta mi interior queriéndose expresar desde la verdad de mi
espíritu y así continuar el diálogo, prolongando la relación amorosa con Dios
que me habla y me ama. Toda mi oración nace de su amor, que me acepta y que se
da, esto hace despertar lo mejor de mi misma “Sal de tu tierra” (nos dice la 1ª
lectura de hoy), experiencia de relación, relación que quiere Dios y que quiero
yo. Ésta me capacita para reconocer y sacar todos mis dones, poniéndolos al
servicio del Reino. Es una experiencia de gratuidad y en gratitud.
Es grafica, aunque socialmente no está bien vista la expresión que emplean los
antiguos, al definir la oración como un “eructo” que sale después de una buena
comida. Así, la oración sale de nuestro ser más profundo; de la sobreabundancia
del corazón. Unas veces se expresa en una acción de gracias, o en una petición,
o una intercesión, o en un simple movimiento de alegría, de confianza, de amor,
o de compunción, o de aceptación de una situación dolorosa….
No siempre hay palabras de respuesta a veces hay silencio que es una escucha
interior de su palabra, en la espera de que esta palabra germine, en acogida de
su don, o simplemente en elocuente presencia que me acompaña durante el trabajo
o lo que este realizando.
El seguimiento de Jesucristo se convierte para mí en una oración continuada que
me unifica, me integra, me madura, y va realizando en mí ese deseo profundo o
búsqueda que siempre ha acompañado mi vida: el ser persona plenamente.
Esta o. como veis no es monologo sino encuentro. Dios invita siempre y espera
“Mira que estoy a la puerta y llamo. Si tu quieres y me abres Yo entraré y
cenaré contigo y tu conmigo” Ap. Esta invitación de Dios hace gozar cada día más
de la vida.
‘Contemplatio’
Hasta aquí hemos leído la Palabra de Dios, la hemos meditado y hemos orado. La
Gracia del Señor nos ha estado acompañando en cada paso de la Lectio Divina,
pero también ha habido un esfuerzo por nuestra parte, le hemos dedicado tiempo y
atención. Ahora, en la ‘contemplatio’ nos quedamos a merced de Dios, que puede
manifestarse en este momento o en otro.
Cierra los ojos, y deja que su Presencia real invada todo tu ser. Silencio.
Permanece en silencio. A nivel sensible no experimentarás nada; tu cuerpo está
en absoluta quietud; tu mente no piensa nada, no hay imágenes, ni palabras.
Tampoco existe el tiempo, has perdido la noción del tiempo y,……, un Silencio con
identidad propia, hace su aparición.
En ocasiones, en vez de silencio vives la Paz en un instante, que no es un
instante de paz, sino toda la Paz vivida plenamente en un instante.
Otras veces aparace la Luz, una luz tan intensa dentro de ti, que al abrir los
ojos te crees que también está fuera, y resulta que no, que a lo mejor es noche,
o llueve, o es un día gris, sin embargo, tú has visto esa Luz. Como la luz que
vieron Pedro, Santiago y Juan, en el evangelio de hoy, en el pasaje de la
Transfiguración del Señor, en el que escucharemos: el Señor se transfiguró
delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se
volvieron blancos como la luz (Mt 17,2)
La contemplación es un coloquio tranquilo, sereno, sosegado con Dios, sin otro
deseo que permanecer cerca de Él. Tal presencia y tal proximidad se hacen cada
vez más silenciosos, como un paseo entre amada y amado, donde en un determinado
momento, tras el diálogo y alegría de los primeros descubrimientos, se está
sencillamente el uno junto al otro. No se dicen palabras, sólo hablan los ojos y
el corazón. Y así, más cerca de Dios, se conoce en profundidad el pensar de
Dios, se siente latir el corazón y se abandona uno a su Amor. Entonces podremos
decir como Pedro: ¡Señor, que bien se está aquí!
La
Lectio Divina no es
sólo una escuela de oración, es también una escuela de vida.
En ella Dios nos llama, nos habla, suscita en nosotros la respuesta dócil, la
colaboración.